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sábado, 4 de febrero de 2012

Los subversivos, también en España, utilizando los servicios de la Justicia para hacerse de unos dinerillos.





Se le atribuye al presidente del Tribunal Supremo de París, durante el primer Imperio y la Restauración, el señor A.J.M Seguier, el siguiente pensamiento: “El Tribunal no ha de hacer favores sino pronunciar sentencias”. No se tiene que ser un gran sociólogo o estar recorriendo, a diario, las calles de las ciudades españolas para percibir la baja estima que, en estos tiempos de convulsión económica y de preocupación por el futuro, le tienen los españoles a la Justicia  y, más concretamente a los encargados de impartirla que, al menos desde el punto de vista de una gran mayoría, cada vez parece que se dejan llevar más por las ideas personales o las presiones políticas, olvidándose de los principios básicos de equidad, objetividad, justicia, imparcialidad y cumplimiento de las leyes, que constituyen los valores supremos de la judicatura.

En España ya no nos choca, a los ciudadanos, que el secreto del Sumario se haya convertido en algo que puede violarse con toda impunidad, cuando estamos cansados de comprobar como, en los medios de comunicación, van apareciendo informaciones extraídas de los sumarios sin que se hayan tomado medidas estrictas por parte de los jueces para evitar que esta anormalidad siga repitiéndose. El contenido de resoluciones y sentencias, en muchos casos, es aireado mucho antes de que el tribunal se haya pronunciado oficialmente y se produce el contrasentido  de que aparecen en la prensa las acusaciones o imputaciones que hay contra un presunto delincuente antes, incluso, de que el interesado haya tenido noticias de ello.  Cuando, en años anteriores, España  contaba en el Mundo y los españoles vivíamos una bonanza económica que parecía que nunca desaparecería, el trabajo de jueces y magistrados se producía en un perfecto anonimato, tal como corresponde a una profesión encargada de impartir la justicia a los ciudadanos de acuerdo con la ley y sin que, en esta tarea, ninguno debiera de conseguir laureles, premios o beneficio personal y fama; algo que puede ser normal en cualquier otra profesión, pero que debiera estarles vedado a los encargados de impartir la Justicia.

El que nuestro Tribunal Supremo, en el juicio contra el juez Garzón, dé la sensación de que lo que está haciendo es un enjuiciamiento del régimen franquista, por lo que se ha dado por llamar “las víctimas del franquismo”; en lugar de limitarse a las acusaciones que pesan contra el juez estrella de haber prevaricado al asumir la competencia en una causa para la que, según el ordenamiento jurídico vigente, no estaba legitimado; con la agravante de haber sido advertido de ello por los propios fiscales; nos hace barruntar que los magistrados de la Sala de lo penal de tan alta institución; fuere por un excesivo respeto hacia la figura mediática del encausado, un referente de la izquierda más casposa de todo el mundo o fuere por haberse dejado arrastrar por la táctica del enjuiciado de convertir el juicio en un dilema entre el bien y el mal, en cuya disyuntiva el enjuiciado estaría de parte del bien y sus acusadores de parte del mal que, en este caso, serían los que le acusan de prevaricación.

A muchos nos ha llamado poderosamente la atención el que, el tribunal en cuestión, haya permitido que acudieran, en calidad de testigos, personas que nada podían aportar en un caso en el que lo que se está juzgando es una actividad procesal, un acto ilegal cometido por un juez y que nada tiene que ver con que, el llamado “testigo”, explique lo que le ocurrió a su abuelo o a un familiar lejano del que, con toda probabilidad, ya ni se acordaría si hubiese fallecido de cáncer en la cama. Si ya nos llama la atención que, el Tribunal, permita declarar como testigos a unos señores que lo que hacen, en la mayoría de los casos, es hablar de lo que les contaron sus padres a cerca de lo que ellos vivieron o lo que les dijeron acerca de la suerte del fallecido, presuntamente asesinado; es decir, que no se trata de testigos presenciales, algo que, en este particular caso, implica una sustancial carga de posibles prejuicios que, con el tiempo, se van enconando hasta convertirse en obsesión, lo que puede poner en tela de juicio que su testimonio sea algo más que una declaración de un sentimiento político. Ya no nos queremos referir a los octogenarios que, en aquellos tiempos, apenas tendrían 6 o 7 años que, por la forma de expresarse, parece que la realidad y la fantasía es difícil de diferenciar.

Durante la Guerra Civil hubo infinidad de desaparecidos que hoy son explotados por parientes que pretenden sacar tajada de las ayudas que, de una forma tendenciosa, los de las izquierdas han establecido, como una presunta “reparación” a cargo del Erario público. Cuesta mucho creer que, después de más de 70 años, los descendientes de un desaparecido pongan tanto empeño, demuestren tanto “cariño” o se obsesionen  de tal manera que se presten a perder tiempo, a gastarse dinero y a empecinarse en recuperar el cadáver de un ancestro del que, en otro caso, ni siquiera se acordarían. Resulta curioso, y yo diría que muy revelador el que, quienes reniegan de la familia, buscan el modo de emanciparse de ella a la primera oportunidad y que apenas se ocupan de los viejos, considerados como una carga inútil; de pronto sufran una metamorfosis sentimental y les coja un repentino ataque de añoranza por aquella persona que perdieron en la guerra o como consecuencia de ella. Pero, todavía resulta más impactante que acudan con sus quejidos a convertir la sala del TS en un muro de las lamentaciones con tal de apoyar a un juez que de lo que se le acusa es de prevaricación, algo que, evidentemente, nada tiene que ver con las causas contra el franquismo.

Si debiéramos juzgar al señor Garzón por aquellos que se desgañitan ante el Supremo, insultando a los magistrados y pidiendo la absolución del juez, sin lugar a duda no tendríamos  más que considerarlo culpable, no sólo por el caso de posible prevaricación por el que se le juzga, sino por estar rodeado de una trouppè semejante de personajes atrabiliarios, miembros de la extrema izquierda más antisistema; defensores de causas perdidas y cómplices, juntamente con el anterior gobierno del señor Rodríguez Zapatero, de haber sostenido y defendido a aquellos que, en sólo dos legislaturas, han conseguido dejar a España en la pobreza, con cinco millones cuatrocientos mil parados y con las perspectivas de una serie de años padeciendo los efectos de sus errores e incapacidad para gobernar. El sólo hecho de que el señor Garzón se valga de semejantes medios para intentar presionar al Supremo, que recurra a amigos y a personajes políticos del extranjero en busca de apoyo para su causa; o la contradicción que supone que hace unos años, cuando se le pidió que acusara al señor Carrillo por los crímenes de los milicianos que asesinaron a casi 6.000 sacerdotes, católicos, militares, republicanos y enemigos políticos           en Paracuellos del Jarama por orden de aquel, él se amparó en que ello no era posible porque la legislación no lo permitía.

¿Qué ha variado desde entonces, don Baltasar?, ¿a que se debe que a Carrillo, porque era de izquierdas y asesinó a ciudadanos de distintas tendencias políticas a los que convenía eliminar, lo dejara usted librarse de la pena que merecía y ahora piensa que puede enjuiciar a los presuntos asesinos de Franco porque las víctimas eran de izquierdas? El TS juzga a Garzón por un  delito de prevaricación y nada tienen que ver los crímenes de uno y otro bando a causa de la contienda civil; por tanto, huelgan las comparecencias de personas ajenas al tema en cuestión. O esta es, señores, mi forma de ver este asunto. (Seleccionado del diario español Siglo XXI, art. de Miguel Massanet   del 04-02-2012).

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