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domingo, 26 de febrero de 2012

España y el Reino Unido estuvieron a punto de ir a la guerra en 1770 por la soberanía del archipiélago que hoy reclama la Argentina.



Situadas a 770 kilómetros al noreste del cabo de Hornos, y con una extensión de 12.200 kilómetros cuadrados (ligeramente superior a la de Navarra), las islas Malvinas han reaparecido en las agendas de las cancillerías argentina y británica coincidiendo con el 30 aniversario de la guerra que enfrentó al Gobierno de Margaret Thatcher y la dictadura de Leopoldo Galtieri (los reclutas argentinos pusieron el pie en aquel confín del Atlántico Sur el 2 de abril de 1982). Buenos Aires ha trasladado el conflicto a los organismos internacionales, de donde nunca debió salir y donde sus diplomáticos continúan apelando a la historia. Sin embargo, como el pasado es un territorio resbaladizo, tanto la líder peronista Cristina Fernández de Kirchner como el premier conservador David Cameron pueden encontrar argumentos a favor y en contra, si bien sus tesis apenas disimulan los intereses económicos en juego (pesca y recursos energéticos). Lo cierto Fernández y Cameron transitan por un camino muy trillado: el rey español Carlos III y el británico Jorge III evitaron ir a la guerra por el archipiélago gracias a que entonces algunas mentes lúcidas se preguntaron si la cosa merecía la pena.
Una de esas mentes fue la del Doctor Samuel Johnson, figura señera de las letras inglesas, que en 1770 se enfrentó a los parlamentarios que hervían de indignación porque el Gobierno de Lord North había llegado a un arreglo con Madrid sobre las Falkland (así llaman los británicos a las islas desde que el capitán Strong las reconoció en 1690 y solo contempló pingüinos). En virtud del pacto, Londres recuperaba el puesto de Port Egmont, en la isla Trinidad, pero arnición en un estado que contempla con envidia a los exiliados de Siberia, cuyo dispendio será perpetuo y su utilización solo ocasional, y que si la fortuna le sonríe a nuestrolos españoles mantenían la reclamación de la soberanía sobre todo el archipiélago. "Hemos mantenido el honor de la Corona y la superioridad de nuestra influencia", recordó Samuel Johnson. "Aparte de esto, ¿qué hemos conseguido? Nada más que una triste y deprimente soledad, una isla apartada del uso humano, tempestuosa en invierno y árida en verano; una isla que ni los salvajes del sur se han dignado habitar, donde debe mantenerse una gus esfuerzos, puede convertirse en un nido de contrabandistas en tiempos de paz, y en tiempos de guerra, en el refugio de futuros bucaneros".
El Doctor Johnson se equivocó en la última parte de su panfleto: el contrabando y la piratería no arraigaron aparentemente en las Malvinas. Pero había muchas personas que, como él, se habían sentido desfavorablemente impresionadas cuando escuchaban relatos sobre las Falkland. Un sacerdote español lo había advertido en 1767, tres años antes del conflicto entre las coronas española y británica, cuando le enviaron al archipiélago después de que Francia lo vendiera a España (Malvinas viene de Malouines, ya que los colonos franceses procedían del puerto de Saint Malo). El religioso se estableció en Port Louis, al norte de la actual Port Stanley, en la isla Soledad, y escribió: "Me quedo en este desdichado desierto, sufriendo todo tipo de males por amor a Dios".
A 130 kilómetros de allí, en Port Egmont, el asentamiento británico de la isla Trinidad, el teniente de navío Thomas Coleman relató por aquella época: "Es el lugar más detestable en que he estado en mi vida... Se mire por donde se mire, hay terrenos baldíos". Durante dos años, los habitantes de Port Louis y Port Egmont marchitaron de aburrimiento, separados por el Estrecho de San Carlos, ignorantes de que había otros europeos en aquellos pagos. Sin embargo, las cosas cambiaron en noviembre de 1769, cuando un balandro británico se encontró con una goleta española. Perplejas, ambas tripulaciones se exigieron mutuamente explicaciones, y así estuvieron varios meses hasta que el gobernador de Buenos Aires, Francisco Bucarelli, encomendó la conquista de Port Egmont a cinco fragatas. Unos disparos fueron suficientes para que los militares británicos se rindieran (eran trece en total) y España izara su bandera. Ocurrió el 10 de junio de 1770, y la Corona española añadió a sus riquezas un huerto de coles y 422 fanegas de carbón. "Aparte de esto, ¿qué hemos conseguido?", subrayó el Doctor Johnson cuando Carlos III y Jorge III solucionaron provisionalmente el conflicto. (Seleccionado de la web del diario español ABC de la fecha). end_of_the_skype_highlighting end_of_the_skype_highlighting






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