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lunes, 19 de julio de 2010

De normalidades, desgracias, cojos y homosexuales



“Es curioso cómo el asunto de la homosexualidad levanta unas pasiones que en cambio no despiertan otros temas de importancia más general y de más enjundia. Ello revela que el asunto encierra una problemática muy amplia y digna de consideración, en la que los emocionalismos suelen jugar un papel excesivo. Yo creía haberme expresado con claridad al respecto, pero al parecer no ha sido así, a juzgar por las réplicas de Marco, Esplugas y ahora Federico. La cuestión la veo de este modo: los homosexuales tienen derechos (como ciudadanos, no como homosexuales), pero entre ellos no entran los manejos e imposiciones para asentar en la sociedad una concepción de la vida homosexualista. Del mismo modo, los marxistas tienen derechos --no como marxistas sino como ciudadanos, en una democracia liberal—siempre que no intenten por una u otra vía imponer a la sociedad sus concepciones. Y digo por una u otra vía porque no es peligroso solamente el que lo intenten por la violencia. Si llegaran a convencer a la mayoría de modo básicamente pacífico y legal (los nacionalsocialistas lo consiguieron), el derecho consistiría entonces en rebelarse contra ellos, incluso por la violencia. La razón es esta: el marxismo conduce a la liquidación de una sociedad donde los demás ciudadanos tienen derechos. Ahora bien para que no llegue la sangre al río es indispensable que sus esfuerzos por convencer a la gente sean contrarrestados por otros esfuerzos, en el mismo plano legal y pacífico, que pongan de relieve la verdadera naturaleza del marxismo bajo sus pretensiones de representar a “los trabajadores”, a los “de abajo”, de acabar “con la explotación del hombre por el hombre”, de traer una libertad “más auténtica”, y similares. Si este esfuerzo no se hace debidamente, el conflicto terminará pasando a otro plano mucho más desagradable. Sostengo que lo mismo ocurre con el homosexualismo y otras ideologías en boga, y por eso es tan peligrosa la creciente restricción de los cauces de expresión en España.

Coincido con Federico casi siempre, pero se ve que no en este punto (también me pasa con César en cuanto al papel histórico del protestantismo). Él condena el “normalismo”, y parece creer que yo lo defiendo. El término, efectivamente, puede convertirse en una palabra policía, como tantas otras que las ideologías emplean contra la libertad de expresión (y al final de mucho más que la expresión) de los discrepantes. Se han realizado persecuciones brutales en nombre de casi cualquier cosa: de la religión, del progreso, de mil formas de “liberación” prometidas… Hasta ahora no he visto persecuciones por razones de “normalidad” (aunque la idea puede ir implícita) sino de ideas más complejas. El único genocidio propiamente ocurrido en España, y que debiera servirnos de referencia, fue el del clero y otros católicos en la guerra civil, por ser religiosos, no por ser “anormales”. No ha habido nada remotamente parecido a un genocidio de homosexuales, aunque el victimismo homosexualista trata de crear esa impresión.

Ya sabemos que lo normal varía según las circunstancias. En una dictadura soviética es “normal” que las expresiones contrarias sean condenadas y aplastadas por “antiobreras”, incluso “antidemocráticas” (de la democracia popular). En una democracia liberal lo normal es que se expresen las opiniones e ideas más distintas y contrarias. Por eso me ha parecido excelente que Marco o Esplugas, o ahora Federico, expongan sus opiniones sobre este asunto tan opinable. Ello no supone un relativismo en el sentido de que “todas las opiniones valen lo mismo”. Por el contrario, la discusión o lucha de ideas puede ser un buen método para avanzar hacia la verdad --que nunca se ofrece fácilmente ni por completo, y tiene tan estrecha relación con la libertad-- e ir descartando ideas falsas. ... Estas contiendas y debates son necesarios y ayudan a clarificar una atmósfera intelectual y políticamente tan enturbiada como la actual de España.

Vamos ahora con la cuestión de la desgracia, que Federico también niega en el caso de la homosexualidad. ¿Es o no es una desgracia? La cosa es discutible. A mi juicio lo es, y niego que considerarlo así tenga consecuencias liberticidas. Como es notorio, soy calvo, lo cual es una desgracia, menor en principio, pues, como casi todo el mundo, yo preferiría tener pelo abundante y gastar, en vez de sufrir, los chistes y bromas de calvos, más o menos graciosos u ofensivos. Pero tal desgracia es insignificante para mí, porque la he asumido y apenas le presto atención (ojalá fuera la desgracia mayor que padezco. Con muchas desgracias se nace, otras se las fabrica uno mismo). Pero muchos calvos se sienten muy afectados, hacen mil ridiculeces para disimular su mal, se han dado casos de depresión y hasta de suicidio por esa causa, sin contar que en algunas profesiones la calvicie puede ser una contrariedad muy seria. También recuerdo el caso de un empresario italiano que, al quedarse calvo, introducía en las bebidas de sus empleados sustancias que les hacían perder el pelo. Es decir, ante una desgracia objetiva se puede reaccionar de muchas formas, y la desgracia en sí no convierte a nadie en un desgraciado, como es obvio.

También he hablado de la cojera en relación con este asunto. Otro comentarista escribe: “La evolución mantiene un porcentaje de homosexuales en la población porque es conveniente para la especie que exista ese porcentaje. No es un desgracia como ser cojo (por accidente o por una malformación congénita, pero no hay genéticamente un porcentaje de cojos en la población)”. ¡Hasta la evolución entra en el asunto! La evolución sirve hoy para todo. Pero nadie nace del todo normal, y si se tratan de imponer “normas” al respecto, todos estaríamos perdidos. Nace una proporción de subnormales psíquicos, mentales y físicos muy variados, y también de superdotados en tal o cual aspecto. Pese a ello, el concepto de normalidad subsiste, sea como medias estadísticas o como adecuación a determinados fines. La misma división natural del ser humano en mujeres y varones, la misma forma y funciones de los órganos sexuales, las inclinaciones psíquicas muy mayoritarias y la dependencia de ellas para el mantenimiento y reproducción de la especie, nos indican con plena evidencia lo que es “normal” al respecto. Lo podemos decir de otro modo: uno aceptaría que un hijo le saliera homosexual y no le perdería el cariño o lo desheredaría por ello –según fuera su comportamiento general--, pero muy pocos lo verían como un motivo de especial orgullo. Aquí no hay nada que imponer, viene impuesto por la naturaleza; ni se deduce de ello que haya que eliminar a nadie. Decir que la homosexualidad es, en ese sentido, una desgracia, ni es una blasfemia ni supone que los homosexuales deban ser colgados de las grúas. En cambio pretender que todas las formas de sexualidad son iguales o valen lo mismo sí es un disparate, como pretender que los ojos bizcos son tan buenos como los “normales”. …

¿Es la homosexualidad una enfermedad? Bastantes homosexuales así lo creen y tratan de curarse; César Vidal parece creerlo también, y en todo caso la considera una opción inmoral. Quizá tengan razón en unos casos, pero, como decía José María Marco, en muchos otros el homosexual no es responsable de serlo. Yo opino que se trata de un asunto puramente privado. En cuanto al homosexualismo, me he equivocado al no explicar lo de las mafias rosas: no me refiero con ello a Zerolo, que tiene perfecto derecho a exponer sus creencias (y los demás a contradecirle), sino a los grupos de presión, muy fuertes en el PSOE y en muchos otros partidos, y compuestos, quizá mayoritariamente, por no homosexuales. Ciertamente no hay problema en que los cojos formen ligas de fútbol, como dice Federico (aunque sería digno de verse), siempre que no intenten imponernos la idea de que la cojera es tan buena como andar normalmente, prohibir los chistes de rencos, obligar a las empresas o a los gobiernos a introducir una cuota de cojos, y cosas por el estilo. Lo mismo con los homosexuales. El problema surge cuando los homosexualistas, que dicen –mintiendo--representar a los homosexuales, pretenden imponer a la sociedad, incluso por ley, incluso con castigos o censura contra las opiniones contrarias, incluso en la educación de los niños, guste o no a los padres, que la sexualidad normal no existe o, peor aún, es “reaccionaria”, que la sexualidad no tiene otro objeto que divertirse sin importar la forma, etc. … ". (Seleccionado de un artículo de D.Pío Moa de la web española de Libertad Digital, del 18-07-10)

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