El genocida José Stalin
Posiblemente los
argentinos arrastramos el pecado gravísimo, de tropezar con la misma piedra, en
reiteradas ocasiones. Desde que tenemos memoria siempre la conducta ha sido
ésa. Los que somos mayores, podemos memorar eventos sucedidos hace muchísimos
años, y podremos hacer una rápida comparación que nos llevará a la inexorable
conclusión antes citada. Pero la juventud, que por tal motivo carece de
experiencia, creé que ciertas actitudes de las autoridades gubernamentales,
son nuevas y originales. No están en
condiciones de avizorar que vamos hacia el abismo, mientras la orquesta toca
todo trapo sobre la cubierta de nuestro criollo Titanic. En la totalitaria ex Unión Soviética, se
dieron ejemplos en materia económica, muy similares a los intentos de nuestros economistas
gubernamentales, a quienes los profesionales serios consideran poco menos que
aprendices de brujos. Fracasaron ya que cuando se hace lo que no se debe, en
materia económica, resulta vano esperar resultados exitosos. Inexorablemente es así. Como sin duda alguna,
en la Argentina arribaremos a los mismos resultados o sea al mismo fracaso en esta
materia, en este nuevo intento de
planificar la economía es interesante observar lo que alentó Stalin y el
estrepitoso fracaso, uno más, revelador de su soberbia. Recordemos que la
soberbia es típica en los ignorantes. Fueron vanos los intentos. A continuación
exhibimos un resultado, un funesto resultado entre otros iguales o peores que
éste. Es de desear que sirva el ejemplo para saber qué es lo que no se debe
hacer en economía. Todo a la larga o a la corta, nos guste o no, se paga. Es
inútil atribuir luego la culpa a los judíos, a los masones o a la sinarquía
internacional. La culpa será toda nuestra. Finalmente, debemos resaltar que
dadas las circunstancia críticas por la que atraviesa nuestra economía, nunca más
oportuno exhibir esta muestra de arrogancia y de altanería económica y los
resultados de los experimentos conducidos por aprendices. Los jóvenes
enquistados en las más altas jerarquía del Poder Ejecutivo, deberían repasar tales
yerros, a fin de evitar perjudicar a la comunidad toda.
“En 1928 Stalin dio por
terminado el periodo económico especial que había seguido a la guerra civil. Anunció entonces
con la trompetería acostumbrada el primer plan quinquenal. Eso de
"plan quinquenal" era algo nuevo que los teóricos del Kremlin se
habían inventado inspirándose en la teoría de las fuerzas productivas de Marx.
La economía iba a dejar de obedecer a las espontáneas e irracionales fuerzas del mercado para
depender exclusivamente de la planificación de un grupo de elegidos,
que debían conocer de antemano las necesidades materiales que el país iba tener
a cinco años vista. Ahí es nada. Si una persona normal y corriente a duras
penas sabe lo que va a consumir en los próximos tres meses, estos
ingenieros sociales sabían a ciencia cierta lo que iban a demandar 150 millones
de soviéticos durante un lustro. Con razón Hayek bautizó el
socialismo como "la fatal arrogancia".
En la URSS, a este consejo de ungidos lo llamaron Gosplan, acrónimo
en ruso de Comité Estatal de Planificación. La realidad es
que los técnicos del Gosplan no planificaban nada. Su trabajo se limitaba a
poner sobre el papel –después de efectuar un sinfín de elaboradísimos cálculos–
los deseos de Stalin, que sabía más de economía y contabilidad que todos ellos
juntos. En 1928 el Padre de la Patria estaba especialmente obcecado con
colectivizar la agricultura y con industrializar aceleradamente el país. Las
dos cosas a cualquier coste.
Lo primero tenía su
lógica. La
colectivización suponía el fin de último resto de propiedad privada que quedaba
en la Unión Soviética. Una vez consumada, todo – hombres, animales y
plantas– pertenecería al Estado. Lo segundo, la industrialización, era un empeño personal
del titán de la revolución mundial. Estaba convencido de que, más
tarde o más temprano, el Ejército Blanco se cobraría cumplida venganza, y
quería estar preparado para ese momento. Ante una audiencia selecta, los
directores de las fábricas estatales, dejó clara su postura: Llevamos un atraso
de cincuenta o cien años con respecto a las naciones desarrolladas. Debemos
eliminar esa distancia en sólo diez años. Si no lo hacemos nos aplastarán. Colectivizar
la agricultura de un país rural implicaba incontables sacrificios humanos, pero
los rusos ya sabían mucho de eso. Industrializar era otra cosa. A la URSS le
faltaba algo fundamental: conocimiento y tecnología. Fabricar acero
o extraer carbón no se podía hacer sólo a base de sangre y voluntad. Stalin lo sabía y
aflojó las relaciones diplomáticas con Estados Unidos, donde el déspota, incomprensiblemente, tenía un buen número de fans. El mismo año en
que dio comienzo el plan quinquenal una delegación soviética se desplazó a
Cleveland para estudiar in situ el milagro industrial americano.
El Gobierno contrató a
un consultor especializado, el ingeniero Arthur Glenn McKee, para que le guiase
en los pasos que tendría que dar para levantar en la URSS una ciudad inspirada en
los grandes centros siderúrgicos del Medio Oeste. La ciudad modelo
que querían transplantar a Rusia era Gary (Indiana), a orillas del
lago Michigan, una ciudad de nueva creación (fue fundada en 1906) cuya razón de
ser eran las acerías de la empresa US Steel Corporation. Se decidió que Magnitnaya, una remota aldea
en la provincia de Cheliabinsk, iba a ser el Gary soviético. Estaba
también junto a un lago de pequeñas dimensiones y habría de levantarse desde
cero. Hasta ahí llegaban los parecidos. Magnitnaya, un apartado fuerte de
tiempos de los zares bañado por el río Ural, se encontraba en mitad de ningún sitio, en
plena estepa, a 1.700 kilómetros y varios días de viaje en tren desde Moscú.
Pero la decisión de edificar sobre aquel pantanoso herbazal un emporio
siderúrgico no fue, aunque lo parezca, en absoluto arbitraria.
Magnitnaya, que pronto mudó el nombre
por el de Magnitogorsk, estaba sobre una montaña compuesta enteramente de hierro,
singularidad geológica que Stalin pensaba esquilmar a conciencia para dar
lustre a su plan quinquenal. La ciudad se refundó al año siguiente y empezó a
llenarse de gente traída de toda Rusia, generalmente a la fuerza.
Pero no todos estaban allí contra su voluntad. El Gosplan tentó a ingenieros norteamericanos
con jugosas pagas en dólares para que se desplazasen hasta la estepa
a diseñar las plantas siderúrgicas. Todo tenía que ser muy rápido porque el
tiempo apretaba. El plan terminaba en 1933 y para
entonces la URSS tenía que producir más de 8 millones de toneladas de acero al
año, objetivo francamente ambicioso en un
periodo tan corto y sin personal entrenado. Se trazó una ciudad en
damero con anchas avenidas flanqueadas por bloques prefabricados. En el otro extremo
se levantaron grandes acerías copiadas tornillo a tornillo de las de US Steel
en Indiana.
El proyecto original,
que corrió a cargo del urbanista alemán Ernst May, preveía un cinturón verde
que separase la ciudad propiamente dicha de los polígonos industriales. Pero el
Gosplan no estaba para exquisiteces y, apurado por los jerarcas de Moscú, fue
podando el plan de May hasta dejarlo en nada. Lo prioritario no eran las viviendas, sino
las fábricas, de manera que, según iban llegando los materiales de
construcción, se desviaban al área industrial. El alemán terminó
dejándolo por imposible y regresó con su equipo a Fráncfort después de discutir
con los comisarios responsables de la obra. La ciudad quedó oficialmente terminada en 1931,
pero sólo la parte industrial. A la residencial le faltaba aún
mucho, pero
no había dinero para terminar las casas, así que se hacinó a sus 100.000
habitantes en barracones que, muchas veces, estaban junto a las
humeantes plantas donde se fundía el acero a 1.500 grados. Los niños correteaban
de aquí para allá en un ambiente algo más que tóxico. Correteaban
porque, con las prisas y las restricciones presupuestarias, no se habían
terminado las escuelas. Sus padres tenían que soportar condiciones aún peores
dentro de las fábricas, sin más derecho que trabajar de sol a sol y sometidos a brutales capataces que alargaban las jornadas para hacer méritos delante de
sus jefes.
El drama de los
primeros habitantes de Magnitogorsk, en su mayoría campesinos analfabetos
obligados a trabajar en un alto horno, llegó a Occidente de la mano de John Scott, un
idealista norteamericano casado con una rusa que trabajó varios años en Magnitogorsk.
Sus vivencias, narradas en Más allá de los Urales, conmovieron la delicada alma
de sus compatriotas y el mundo civilizado empezó a hacer incómodas preguntas.
El panorama que pintaba Scott era sombrío, aunque también heroico. Los obreros
morían a diario en las fundiciones por la ausencia total de seguridad,
la mala cuando no inexistente formación de los operarios y la ineficiencia
intrínseca de un sistema en el que todo se hacía sin ganas y por complacer a un
superior. Stalin
respondió a Occidente a su estilo: cerrando la ciudad a los extranjeros.
Magnitogorsk
se sumió en la penumbra durante medio siglo. Nadie sabía lo que pasaba
allí a excepción de sus moradores, que vivían encadenados a la fábrica como antiguamente los siervos
a la tierra, y los amos del Gosplan. La ciudad siguió creciendo y
llegó a rozar el medio millón de habitantes en su mejor momento. En los años 60
se levantaron grandes bloques de hormigón de varias plantas como los que
tapizaron todas las ciudades soviéticas. El pueblo motejó a aquellas
colmenas humanas como jruschovkas porque fue Nikita Jruschov quien impulsó su
construcción.
Las jruschovkas de Magnitogorsk se tiñeron pronto de negro a causa del humo, el hollín y las emanaciones
sulfúricas provenientes de las ubicuas chimeneas que forman el skyline de la ciudad.
Los vecinos terminaron aprendiendo a convivir con la suciedad, pero no con los
continuos cortes de agua. Los residuos industriales se vertían sobre el río Ural y
los lagos circundantes: durante décadas, los
grifos de la ciudad escupían un líquido tóxico y amarillento que era mortal de necesidad. Hoy Magnitogorsk, el
infierno metálico de Stalin, sigue existiendo. Los extranjeros
pueden visitarla desde la época de Gorbachov, aunque son pocos los que se dejan
caer por un lugar tan deprimente en el que, a pesar de todo, viven aún 400.000
almas en pena. La
montaña de hierro que dio nombre a la ciudad se agotó hace tiempo, y hoy tiene
que importarse el mineral. La ciudad presenta un aspecto decadente y
es fea de solemnidad. A su alrededor ya no reina la estepa sino un desierto
tóxico. El medio natural ha quedado devastado hasta tal punto que el Gobierno
ruso lo declaró hace unos años "zona de desastre ecológico".
Un mal menor al lado del tributo humano que la locura planificadora
de los bolcheviques se ha cobrado. Según las autoridades
locales, sólo el 1% de los niños gozan de buena salud; de hecho, un niño con
aspecto saludable es considerado una rareza. En 1992, al final de la
pesadilla soviética, se hizo un estudio entre los recién nacidos y se descubrió
con horror que sólo
3 de cada 10 nacen en condiciones óptimas, el resto están enfermos desde el alumbramiento.
Magnitogorsk
es algo más que una ciudad, es un crimen de lesa humanidad por el que,
naturalmente, nadie ha pagado.”. (Seleccionado del
artículo “El infierno metálico de Magnitogorsk” por Fernando Díaz Villanueva,
publicado en la web española de Libertad Digital)
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