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jueves, 22 de marzo de 2012

La Emperatriz de Bizancio, Teodora: del Circo al Trono









"Aventurera, prostituta, intrigante, vengativa, ambiciosa, heroína, santa... De todas estas formas se ha descrito a la emperatriz Teodora, la mujer más poderosa de su época y una de las más enigmáticas de todos los tiempos. El misterio que rodea a Teodora se debe tanto al hecho de que gran parte de su vida –la anterior a su matrimonio con el emperador Justiniano– no esté documentada y sólo se haya podido reconstruir sobre suposiciones y rumores, como a que su principal biógrafo fuera al mismo tiempo su más encarnizado detractor: Procopio de Cesarea. Procopio es el historiador más famoso de su época, gracias fundamentalmente a su Historia de las guerras de Justiniano. Además de esta obra, dedicó a la pareja imperial Sobre los edificios, en el que glosa su programa de construcciones en Constantinopla; en realidad, es un panegírico de los soberanos en el que nuestro autor demuestra sus extraordinarias dotes para la adulación. Tanto almíbar se le debió de indigestar; además, estaba resentido con Justiniano y odiaba a Teodora, si bien ignoramos los motivos concretos de su inquina: puede que su nombramiento como prefecto de Bizancio y la concesión del título de Ilustre no fueran suficiente recompensa. El caso es que, ya fuera como pasatiempo, como instrumento de chantaje o como terapia para desahogarse, Procopio escribió una de las obras más venenosas, retorcidas y chismosas de todos los tiempos: la Anekdota, o Historia secreta, en la que retrata a Bizancio como una sociedad enteramente corrupta y degenerada, gobernada por dos demonios de forma humana, Justiniano y Teodora. Esta última es quien peor parada sale: a su lado, Mesalina es una tímida colegiala. No hay vicio, depravación o crimen que le sea ajeno: robo, fraude, prostitución, zoofilia, aborto, tortura, brujería... El problema es que, aunque en la Historia secreta hay anécdotas evidentemente falsas, fruto del odio y la imaginación calenturienta de Procopio o de la chismografía de aquel entonces, no podemos descartar la obra entera: es un buen retrato de la época y hay datos son corroborados por otras fuentes, al menos en lo esencial; otros, si bien no verificados, sí resultan verosímiles, como los que se refieren a los orígenes de Teodora. Teodora debió de nacer en el año 500; en algún lugar indeterminado del Imperio, probablemente en Siria o en Chipre, según las escasas fuentes de las que disponemos. Era la segunda de las tres hijas de un modesto matrimonio. De su madre no conocemos ni el nombre, y de su padre sólo sabemos que trabajaba como domador de osos en el Hipódromo de Constantinopla y que se llamaba, probablemente, Acacio. Los patronos de Acacio eran los miembros de la facción Verde. Éstos no eran los ecologistas de la época, ni mucho menos: la sociedad bizantina estaba radicalmente dividida en dos facciones, los Verdes y los Azules; originariamente no eran más que dos equipos que competían en las carreras del Hipódromo, pero con el tiempo se habían convertido en bandos que dominaban por completo la vida en Constantinopla, y a los que casi podríamos comparar con los partidos políticos actuales. Sus respectivos partidarios se enfrentaban a menudo y causaban desórdenes, que acababan generalmente con intervenciones de la guardia imperial y algunos de los cabecillas en prisión. El padre de Teodora falleció cuando ella tenía seis años, y su madre no tardó en casarse de nuevo. Esperaba que los Verdes contrataran a su nuevo esposo para ocupar el puesto del difunto, pero no fue así. Por ello, esperando conmover al público y que los Verdes no tuvieran más remedio que reconsiderar su decisión, vistió a sus tres hijitas con túnicas y guirnaldas de flores y las hizo aparecer abrazadas a ella en medio de la arena del Hipódromo en uno de los intermedios, suplicando la compasión del respetable. Lo sentimental siempre vende, y aquella no fue una excepción: los Verdes no se ablandaron, pero los Azules sí, y contrataron al padrastro de Teodora. Ésta no olvidó jamás aquello y permaneció fiel a la facción Azul el resto de su vida. Pero las hijas crecen y la madre de Teodora pronto se vio sin recursos para mantenerlas, por lo que las animó a dedicarse al espectáculo. La mayor, Comito, pronto se hizo actriz, con bastante éxito. En aquella época (como en casi todas) las actrices no tenían demasiada buena fama: se las consideraba prácticamente como prostitutas; de hecho, muchas combinaban ambas actividades. La hermana de Teodora parece haber formado parte de esta categoría, y pronto llamó a su hermana, por entonces de unos 12 años, para que la ayudara en calidad de sirvienta. Si hemos de creer a Procopio, Teodora no tardó en desbancar a Comito tanto dentro como fuera del escenario. Omitiremos aquí los pasajes más escabrosos de la vida de nuestra protagonista; los interesados pueden acudir a ese antecedente del Sálvame y similares que es la Historia secreta. El caso es que Teodora acabó a los 16 años convertida en amante de un funcionario al que destinaron a Libia, adonde lo acompañó. La convivencia resultó un desastre, y al poco Teodora decidió regresar a Constantinopla. De vuelta a casa se detuvo en Alejandría, lo que cambió su vida para siempre. Fue acogida por la comunidad monofisita de la ciudad, y al parecer experimentó una conversión espiritual, abrazó el monofisismo y decidió abandonar su antigua vida. Así, en Constantinopla no volvió a los escenarios ni a su disoluta conducta anterior. Una leyenda medieval asegura que se dedicaba a hilar lana en una humilde vivienda cercana al palacio imperial cuando conoció a Justiniano, sobrino del emperador Justino y verdadero soberano en la sombra. Lo más probable, sin embargo, es que ambos se conocieran por mediación de una tal Macedonia, antigua compañera de Teodora en el mundo del espectáculo y una de las informantes de Justiniano. El caso es que el sobrino del emperador quedó totalmente fascinado por ella y la hizo su amante. Ambos vivieron en concubinato varios años, y al parecer incluso tuvieron un hijo, si bien el niño moriría en la infancia. Teodora, por cierto, ya tenía una hija (como se diría ahora, "fruto de una relación anterior"), de la que ignoramos el nombre. Justiniano estaba totalmente hechizado por Teodora (según Procopio, literalmente) y deseaba hacerla su esposa, pero una antigua ley prohibía a las actrices contraer matrimonio con personas de rango; además, la esposa de Justino, Eufemia, se oponía tajantemente al enlace, pues consideraba que aquélla era una mujer de baja estofa indigna de tan alto honor. Seguramente hablaba por experiencia: antes de casarse con Justino era una esclava analfabeta de nombre Lupicina (nombre muy común entre las prostitutas, dicho sea de paso). No fue hasta la muerte de su tía que Justiniano pudo convencer a Justino para que derogara la ley y le permitiera casarse con Teodora, en el año 525. Por extraño que parezca, el matrimonio funcionó. Jamás se separaron ni tuvieron la menor disputa; y, por mucho que fastidiara a Procopio, por lo visto se guardaron fidelidad hasta la muerte. En el 527 fueron coronados coemperadores con Justino, y enseguida, sólo cuatro meses después, a la muerte de éste, se convierten en amos absolutos del Imperio. Por deseo de su esposo, Teodora no fue emperatriz consorte, sino soberana por derecho propio, su igual, su principal consejera y colaboradora. Justiniano era un hombre que, pese a sus orígenes campesinos, había recibido una esmerada educación en Constantinopla y estaba considerado un intelectual. Teodora, si bien carecía de formación, era una mujer inteligente, astuta y, sobre todo, tremendamente ambiciosa. Amaba el poder y no pensaba renunciar a él. Así lo demostró en el acontecimiento más importante de su vida, la revolución llamada Nika. Ya hemos comentado la rivalidad existente entre las facciones Verde y Azul, y los disturbios que provocaban regularmente en Constantinopla. Sin embargo, en el año 532 esas revueltas fueron más allá de las simples algaradas callejeras. Debido al descontento popular con la subida de impuestos y la corrupción generalizada de la administración, al frente de la cual se encontraban Juan de Capadocia y Triboniano. El pueblo exigía su expulsión, y por una vez Verdes y Azules se unieron en la protesta cuando sus cabecillas fueron encarcelados y condenados a muerte. Las algaradas acabaron por convertirse en revolución: el pueblo se negaba a obedecer al ejército, tampoco al mismísimo emperador. Ni siquiera la facción Azul, con la que simpatizaban tanto Justiniano como Teodora, hizo caso del llamamiento a la calma, ni de la oferta de perdón para los alborotadores. Las calles se convirtieron en campos de batalla y Constantinopla se vio envuelta en llamas. Edificios como la antigua basílica de Santa Sofía o el Senado fueron arrasados por el fuego. Justiniano, que, pese a su inteligencia y brillantez, era un hombre bastante indeciso y, por lo visto, cobarde, decidió que lo mejor era huir de la ciudad. Con la ayuda de sus más cercanos, preparó la huida por mar; pero, inesperadamente, Teodora se negó a acompañarle. Hasta el mismo Procopio se vio obligado a señalar que la reacción de la emperatriz fue impecable (puede, incluso, que, llevado por la lírica, adornara en exceso su narración de los hechos); con firmeza, a los presentes en palacio Teodora les dijo que, aunque fuera impropio que una mujer aconsejara a unos hombres asustados, no creía que huir fuera lo más digno. Un emperador jamás debía escapar. Todo el que nace morirá tarde o temprano, y ella prefería hacerlo como emperatriz. Nunca renunciaría a sus vestiduras imperiales ni a la dignidad que le conferían. Si Justiniano quería huir, podía hacerlo sin dificultad. Ella prefería seguir el antiguo dicho según el cual la púrpura es el más noble de los sudarios. Impresionado y animado por el discurso de su esposa, Justiniano cambió radicalmente de actitud. Envió a sus dos mejores hombres, los generales Belisario y Mundo, a sofocar la revolución. Éstos aguardaron a que el pueblo se hallara reunido en el Hipódromo para las carreras, bloquearon todas las salidas y procedieron a la masacre: más de 30.000 hombres, mujeres y niños perecieron. El horror apagó instantáneamente la revuelta. Naturalmente, aquello extinguió la poca popularidad que pudiera quedarle al emperador, y aún más la de la emperatriz, a la que casi todos despreciaban y consideraban instigadora de la represión. De nada sirvieron los magníficos programas de reconstrucción o beneficencia llevados a cabo por la pareja, o las numerosas reformas legales: su fama de crueles no les abandonaría. Muchos vieron como un castigo divino el que la pareja no tuviera hijos. Por mucho que ambos lo desearan, y pese a que ya habían sido padres antes de su matrimonio, Teodora no volvió a concebir. Según los cronistas más piadosos, Teodora dedicó el resto de su vida a ocuparse de los más necesitados y a inspirar a su esposo reformas a favor de las mujeres y los desposeídos. Sin duda, Justiniano impulsó varias reformas en ese sentido, como la que confería a las mujeres el mismo derecho de propiedad que a los hombres, pero no es posible atribuir estas mejoras sólo a la influencia de Teodora, a la que algunos quieren ver como antecedente del feminismo militante y prototipo de las mujeres modernas y liberadas. Las reformas legales de Justiniano, en especial su compilación de las leyes romanas, constituyeron indudablemente un avance histórico, pero no fueron fruto de una decisión súbita o una inspiración genial del emperador, sino el resultado de un proceso que ya llevaba en marcha muchos años y que le precedía. Justiniano y Teodora llevaron a cabo grandes reformas, sí, pero es absurdo y antihistórico atribuirles ideas o modos de pensar progresistas. Lo que es indudable es que Teodora marcó la época. Fiel al monofisismo hasta su muerte, fue la principal valedora de esta corriente ante el emperador, y a muchos de sus protegidos llegó a ocultarlos en sus propias estancias para librarlos de la persecución. Diversos historiadores la consideran culpable de fomentar la división del cristianismo oriental, mientras que otros sostienen que, bien al contrario, Teodora logró retrasar el cisma siquiera unos años. La mujer más poderosa de su tiempo murió en el año 548, probablemente de un cáncer de pecho. Su desolado esposo jamás se recuperó y, pese a no tener herederos, no volvió a contraer matrimonio. La hizo sepultar con todos los honores en la iglesia de los Santos Apóstoles de Constantinopla. Diecisiete años más tarde se reuniría allí con ella. Hoy, ambos son venerados como santos por la Iglesia Ortodoxa, que celebra su festividad el 14 de noviembre. Cabe preguntarse qué pensaría de ello el viperino Procopio. (Seleccionado de la web española de Libertad Digital, del 22-03-2012. Un artículo de Carmen Pulín Ferrer)

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