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domingo, 8 de noviembre de 2009

La Lección Del Vergonzoso Muro De Berlín




"Qué útiles son los aniversarios, esas muletas del tiempo que nos sirven para retroceder sin tropiezos por el camino de la historia. A los terminados en cero -como en las bodas de oro o de diamante de los matrimonios longevos- los valoramos especialmente. Pues bien, mañana hará veinte años que se abrió el Muro de Berlín. El aniversario nos obliga a repasar esa página de nuestra historia reciente, acaso menos recordada de lo que convendría. Fue aquél un muro construido para impedir que salieran, por Berlín Oeste, los ciudadanos de Alemania Oriental que buscaban la libertad. Veintiocho años después, en noviembre de 1989, se abrió por la misma razón: impedir que escaparan por Checoeslovaquia quienes pretendían abandonar el estalinismo de la RDA. Durante esas casi tres décadas, el país había funcionado con paz pero sin libertad, con precisión pero sin oxígeno.
Los jerifaltes comunistas -cuando yo les protestaba, en nombre de la Comunidad Europea, por disparar mortalmente a un fugitivo que saltó sobre el Muro- se ufanaban de su contribución al mantenimiento de la paz.
-Gracias a nuestra firmeza -me argüían- está garantizada la tranquilidad en la zona del mundo donde hay más armas nucleares.
Y pese a todo, en la RDA millones de alemanes vivían resignados, temerosos de un cambio que no deseaban porque nadie les garantizaba que iban a seguir teniendo lo que su régimen les aseguraba: pleno empleo, vivienda barata, escolarización y sanidad gratuitas, ausencia de drogas... Ello explica porqué, a principios del 89, meses antes de la caída del Muro, no existiera allí la oposición organizada que bullía en Polonia, Checoeslovaquia o Hungría.
Entonces ¿quién derribó el Muro? ¿No fue acaso la presión incontenible de miles de berlineses orientales que exigían furiosos la posibilidad de pasar al Oeste? No, no ocurrió así. De hecho, ni las masas presionaron, ni dirigente político alguno dio la orden de abrir el Muro. Trataré de explicar brevemente lo que sucedió. Por de pronto, el Muro se abrió porque el oficial al mando del «paso fronterizo» de Bornholmerstrasse, Harald Jäger, dio a sus subordinados la orden de abrir la verja. Eso fue todo. Y lo hizo tras escucharle decir, por la TV, a Günther Schabowski, portavoz del Politburo, que el Comité Central del Partido había acordado que quienes quisieran podían, «desde ya», pasar libremente de la RDA a la RFA y a la zona oeste de Berlín.
Sin embargo -y como ya adivina el lector desconfiado- la cosa no fue tan sencilla. Harald Jäger pidió insistentemente instrucciones, al ver que varias docenas de curiosos se aproximaban al checkpoint y preguntaban si se podía pasar ya «al otro lado» como Schabowski acababa de anunciar en la conferencia de prensa, retransmitida en directo por primera vez en la historia de la RDA. Al ir el número de curiosos en aumento, Jäger, aún temiendo lo peor, siguió pidiendo instrucciones.
¿Por qué ocurrió aquello? La explicación es sencilla aunque puede que para un historiador no resulte del todo admisible. Ignoro si para un político... El hecho es que, en ese momento, todos los miembros del Politburo regresaban -sin teléfonos móviles y, lo que es peor, sin idea de lo que Schabowski había dicho públicamente- regresaban, digo, en sus coches oficiales a sus residencias de Wandlitz, a más de una hora de Berlín. Nadie pudo dar con ellos ni obtener la respuesta que insistentemente pedía el oficial Jäger.
Después de haber vivido allí cinco años, estoy convencido de que, en la RDA, nadie tuvo nunca el valor de tomar una decisión de cierto calado sin contrastarla antes con su superior. El sistema funcionó siempre, perfectamente, hasta... ese día. Todos habían encontrado siempre a alguien por encima que asumiera la responsabilidad y -como decía el chiste- a alguien por debajo que hiciera el trabajo. Los curiosos, sorprendidos y alborozados, no más de un centenar -estaba allí y puedo dar fe- debieron de amedrentar de tal forma a Jäger que éste hizo lo que nadie hasta entonces había hecho, asumió su responsabilidad y dio la orden de abrir.
Uno puede preguntarse por el motivo de que las cosas sucedieran así en la República Democrática Alemana. A mi juicio, la respuesta es obvia. Se es ciudadano de un país pero sólo se es patriota de una nación. Y la RDA no era una nación. La caída del Muro, en esas condiciones, es prueba de que los países sin patriotismo acaban no funcionando -y hasta pueden llegar a desaparecer- pese a que haya quienes piensan que el patriotismo tal vez sea ya sólo un subproducto del trasnochado nacionalismo decimonónico.
Dije antes que me encontraba «allí». En efecto y no por mérito propio sino por obra y gracia de la casualidad. Dicho esto, no puedo sino contar en detalle lo que ocurrió aunque ya lo incluyera en el diario de aquella «revolución tranquila» que publiqué, en 1990: «En el país que nunca existió». Años después, volví a contarlo en unas memorias tituladas «Un tranvía naranja y polvoriento». No me importa repetirlo hoy pues, como dijo Azaña, en este país, si quieres guardar un secreto, debes escribirlo en un libro.
¿Qué hacía yo allí y a esa hora en aquella gélida noche? Muy simple. Acompañaba al equipo de Informe Semanal de Rosa María Artal, que me había telefoneado la víspera a la Embajada pidiendo apoyo: un coche, un traductor, buscar unas entrevistas, etcétera. Después de facilitarles lo que necesitaban, les había invitado a que, por la tarde, vinieran a casa para tomar algo. Allí vimos, esta vez en diferido, un extracto de la conferencia de prensa a la que mis invitados habían asistido un rato antes. De las deslavazadas explicaciones del portavoz sólo entendimos que «desde ya» se podía pasar al Oeste. Pero los periodistas españoles tenían interés en ir cuanto antes al concierto de jazz, donde esperaban realizar alguna entrevista a grupos de oposición. Les sugerí que pasáramos primero por el checkpoint vecino, el mismo por el que yo cruzaba al Oeste varias veces por semana. Habría gente y podía ser interesante. Llegamos al lugar a eso de las nueve menos cuarto. Era de noche, era noviembre, y hacía mucho frío. Habría unas cincuenta personas, no más, aunque seguían llegando. Los españoles eran los únicos periodistas presentes. De pronto, un policía abre la cancela metálica y dice:
-Pueden pasar.
Frente al policía, un hombre joven le pregunta: -¿Qué formalidades?
-Ninguna -responde el policía-
-Sólo tenemos el carné de identidad.
-Es suficiente.
-¿Podemos volver?
- Desde luego.
Algo más tarde se abrieron los otros checkpoints y la gente comenzó, con picos y martillos, a abatir el Muro. Mes y medio después, el 22 de diciembre, se abría la Puerta de Brandenburgo. El 18 de marzo de 1990, tuvieron lugar las primeras elecciones libres; el 1 de julio, la unificación monetaria y el 3 de octubre, menos de un año tras la caída del Muro, la unificación política. Una unificación promovida desde abajo como un siglo antes el canciller Bismark la promoviera desde arriba.
¿Alguna lección que sacar de esta página de la historia de Europa?
Posiblemente muchas aunque puede que la que hoy nos convenga más esté contenida en la frase que yo mismo me apliqué, pocos días antes de abrirse el Muro, cuando la leí, escrita en letras azules sobre el gris carcelario del hormigón:
«Los muros peores son los que construimos alrededor de nosotros mismos». (Seleccionado de la web española de ABC, nota del embajador español Alonso Alvarez de Toledo Merry del Val, Marqués de Martorell- 08-11-09)

domingo, 1 de noviembre de 2009

La Guerra Fría Comenzó En España En 1937 – Parte II


Cuando, en 1936, estalló la guerra civil española, la ayuda que las potencias fascistas dieron a Franco ofreció a Stalin una nueva oportunidad de construir con Francia y Reino Unido el frente antifascista que deseaba. Ahora bien, no era ésta la única oportunidad que España ofrecía a los soviéticos. La revolución que enseguida estalló en el territorio controlado por los republicanos les brindó la oportunidad de reconducirla, para convertir el movimiento en una revolución bolchevique, y al estado que de allí surgiera en el primer satélite soviético del globo. Es decir, parecía llegado el momento de empezar a propagar el comunismo por el mundo.

Aparentemente, ambas oportunidades podían aprovecharse a la vez, por ser complementarias. La reconducción y el control de la revolución en España permitirían hacer el régimen más presentable ante las democracias occidentales, a fin de que éstas colaboraran en su protección de la agresión fascista. De hecho, a partir de septiembre de 1936 la URSS hizo un enorme esfuerzo por controlar los desmanes que se producían en la zona republicana, y
acometió una ingente labor de propaganda para presentar la Guerra de España como una guerra entre el fascismo y la democracia, en la que, como era natural, los comunistas estaban del lado de la democracia. De hecho, las Brigadas Internacionales no se llamaron Brigadas Comunistas, que es lo que más propiamente eran, no en vano estaban integradas casi exclusivamente por comunistas.

Sin embargo, la República española no era, en 1936, una democracia burguesa. No se trata de discutir aquí si la degradación empezó a producirse en febrero o a partir del 18 de julio, pero de lo que no cabe duda es de que en septiembre,
cuando Stalin se fijó en España, la República era un régimen abiertamente revolucionario que nada tenía que ver con la democracia que disfrutaban en Gran Bretaña o en Francia, por mucho que esta última estuviera gobernada por un Frente Popular. Al tratar de reconducir la revolución y moderarla a la fuerza para hacerla más aceptable a las democracias occidentales, Stalin impuso con dureza sus propios puntos de vista. No logró el fin propuesto. Franceses y británicos pasaron de ver la República española como un régimen revolucionario anárquico y violento a contemplarla como uno fríamente controlado por los comunistas. A ninguno de los dos países les interesó tener junto a ellos un régimen de una u otra naturaleza. Por eso, ni Francia ni Gran Bretaña intervinieron jamás en la Guerra de España, porque no tenían interés alguno en la victoria de una República que ya no era democrática.

Cuando las dos democracias occidentales llegaron a un acuerdo con Hitler en Múnich, en septiembre de 1938, Stalin perdió el interés por España. Era obvio que el conflicto que se desarrollaba en nuestro país ya no serviría de pretexto para levantar un sistema de seguridad colectiva que aliara a la URSS con Francia y Gran Bretaña contra Alemania. Stalin pudo haber continuado apoyando a la República en su esfuerzo de convertir España en un satélite soviético, pero una vez que la alianza con el bando de las potencias capitalistas no era posible, lo prioritario era aliarse con el otro. Hacer esto exigía abandonar, de momento, la posibilidad de contar con un satélite soviético y renunciar a derrotar en España a la que tendría que ser en pocos meses la nueva aliada de la URRS, la Alemania de Hitler.

Cuando estuvo claro que Gran Bretaña y Francia no participarían en el sistema de seguridad colectiva que la URSS quería levantar contra Alemania, Maxim Litvinov fue cesado (marzo de 1939) y en su lugar fue nombrado Vyacheslav Molotov:
su misión fue la de establecer una alianza con Alemania para evitar la posibilidad de que todas las potencias capitalistas, las burguesas y las fascistas, se aliaran contra la Rusia comunista.

El pacto Ribbentrop-Molotov (agosto de 1939) produjo una convulsión en Europa.
Stalin se quitó la careta de defensor de las democracias frente al fascismo para revelarse lo que siempre fue, un comunista calculador y realista cuya única finalidad era propagar el comunismo en el mundo. Para ello tenía que derrotar a las potencias capitalistas, y para poder tener éxito necesitaba que éstas primero se enfrentaran entre ellas. Si no podía estar del lado de Francia y Gran Bretaña, lo estaría del de Alemania. En todo caso, lo que trataría de evitar a toda costa era verse aislado frente a todas a la vez, arriesgando una alianza entre ellas.

Al ponerse del lado de Alemania, calculó que tarde o temprano tendría que enfrentarse a ella. Pero creyó que eso no tendría lugar sino después de que Berlín acabara con sus dos antagonistas occidentales. Mientras tanto, él emprendería un rearme frenético para preparar el enfrentamiento final con aquélla. Por eso, cuando Hitler invadió Rusia, en 1941, antes de haber derrotado a Gran Bretaña, Stalin no pudo dar crédito a los informes que le llegaban de su frontera occidental. En sus esquemas resultaba imposible que Alemania tomara la decisión de enfrentarse a todos a la vez.

No es éste el lugar para estudiar los motivos que manejó Hitler a la hora de tomar esa decisión. Importa destacar la sorpresa que produjo en Stalin. Cuando finalmente asumió lo que estaba ocurriendo, concluyó que no había mal que por bien no viniera: al traicionar Hitler el pacto Ribbentrop-Molotov, colocó a Gran Bretaña, Francia y la URSS en situación de virtuales aliados: lo que siempre quiso el georgiano. Ahora se trataba de derrotar a Alemania. Luego llegaría el momento de enfrentarse a las democracias burguesas.

Lo que nunca calculó el Hombre de Hierro es que Estados Unidos saldría de la Segunda Guerra Mundial con un poder y una bomba capaces de frenar su avance hacia Occidente.

Con todo, no pudo evitarse que la URSS ocupara toda Europa oriental, y se tardó más de cuarenta años en derrotarla.
Hoy es obvio que si hubieran tenido que hacerlo solas, Francia y Gran Bretaña no hubieran sido capaces de lograrlo.

Es sorprendente, y a la vez ilustrativo, que España fuera, de algún modo, para la Guerra Fría lo que Chequia fue para la Segunda Guerra Mundial.
Esta historia servirá cuando menos para que nos demos cuenta de que lo que se vivió en España entre 1936 y 1939 fue mucho más que un conflicto entre fascistas y antifascistas. (Seleccionado de la web española de Libertad Digital del 01-11-09)